Por Daniel Serrano Robles.
Bueno, ya ha pasado la euforia por Joker… creo, y eso dejó ver un fenómeno bastante interesante: la opinión. Así es, aprovechando el estreno y el tono y contexto de la película, muchas personas se dieron a la tarea de emitir alguna opinión sobre algo vinculado a la película: salud mental, justicia social, marginación, etc.; desde compartir memes hasta un sesudo texto de cuán buena o chafa resultó ser, de si la película es un reflejo y posible consecuencia de nuestra realidad, y así sucesivamente.

No es excepcional hoy en día ya que, hasta porque la mosca vuela, alguien opina algo al respecto. Sin embargo, y limitado al mundo del cine, hubo una buena cantidad de chistoretes que cuestionaban el análisis y la opinión que, más o menos profunda, con mayor seriedad o no, la gente compartía. Los chistes se mofaban de quienes alabaron la cinta por su contenido controversial. La burla ironizaba la forma en que, desde un inventado estatus de “críticos de cine” o “intelectuales”, la gente le daba un valor agregado, un saber o una filosofía “profunda” al personaje llegando incluso a romantizar a una persona con un trastorno neurológico que derivó en un psicópata.
Y ese fenómeno me pareció interesante por evidenciar la pregunta: ¿hasta qué punto es válida una opinión? ¿Podemos opinar de lo que sea simplemente por el hecho de poder expresar una opinión, por tener acceso a Twitter y Facebook? ¿Cuán profunda, compleja y acertada puede ser nuestra opinión? ¿Depende de nuestro “conocimiento” de la materia? Evidentemente, si no entiendes un carajo sobre física y te quedas con videos revelación de YouTube, probablemente la NASA ni siquiera te tome en serio si le intentas vender una visión terraplanista. Sin embargo, en algo más subjetivo y menos dependiente como la apreciación de una película, la frontera es más difusa.
A la gente —y me incluyo—, se nos hace muy fácil adoptar términos y expresiones que, quizás, no usamos de la mejor manera: “La fotografía es muy buena”, “Me encantó la paleta de colores”, “El guion es sólido”, y demás… ¿Qué sabemos de fotografía para decir eso? ¿Conocemos por lo menos el círculo cromático y la armonía del color para decir por qué nos gusta la paleta? ¿Hemos leído un guion literario para saber mínimo si está bien escrito y ver después si tiene coherencia y justificación? Claro, no digo que ahora debamos meternos a estudiar cine para que nuestra opinión tenga cierto valor, pero tampoco es que vayamos hablando de física cuántica o de neurología, aunque no sepamos nada, sólo por qué sí, porque podemos y es el tema de moda, ¿verdad? Entonces, ¿por qué nos damos la licencia entonces con el cine?
Creo que de buenas a primeras podemos distinguir cuándo hay una opinión interesante a pesar de que esté formulada sobre una película hollywoodense y cuándo alguien está faroleando porque vio una película rara en la Cineteca Nacional a pesar de no haber entendido un carajo. Entonces, ¿con cuánta “capacidad” contamos para decir algo relevante al respecto? Creo que no es una cuestión de libertad de expresión, pues al final, cada quien puede decir lo que se le venga en gana, eso nadie lo puede evitar, y no debería evitarse; sin embargo, y entendiendo que el espíritu de la gente que fue ironizada como críticos o intelectuales respecto de sus opiniones sobre Joker —que por cierto ya había un antecedente con imágenes similares del mismo personaje de The Dark Knight de Christopher Nolan—, valdría la pena preguntarse antes de emitir una opinión: si quiero que tomen en serio mi opinión, si creo que tengo algo valioso qué decir, a lo mejor debería tomarme el mismo tiempo en “capacitarme”, tomar en serio mi propia opinión y no soltar lo primero que se me venga a la cabeza… porque si no salen unos momazos bien buenos.




