¿Qué va a ordenar hoy? ¿Caca verde o caca roja?

Antes de que mi entrada anterior fuera publicada, mi buen amigo Sulo Jardínes leyó el borrador (porque, aunque no lo parezca, en Central Cinema nos preocupamos por los controles de calidad 😉 … o eso intentamos). Me comentó que había cierto guiño guiño al texto que él había escrito previamente, donde nuestros puntos de vista podrían no coincidir del todo. Así que, por cortesía y profesionalismo, me fui a releer su texto. Y tiene razón, nuestros enfoques son distintos; sin embargo, curiosamente no son mutuamente excluyentes.

Cierto, la industria del cine tiene que preocuparse por llenar sus carteras para pagar la nómina, y como dijo Sulo, se valen de varias herramientas como estudios de mercado o un poderoso aparato de publicidad para explotar el sentimentalismo del público. Totalmente de acuerdo. Los grandes estudios le comen el mandado al cine independiente y el “arte” de éste cede terreno poco a poco. Es una época singular; por ejemplo: DC comics suele abanderarse con orgullo de movimientos sociales y temas delicados como el género, la salud mental o el racismo, pero al mismo tiempo censuran su propia creatividad para hacerle la barba al gobierno chino y poder acceder a su potente mercado. Acá no hay ideologías, sólo estrategias de marketing. Nada personal, sólo negocios.

Algunos ejemplos de cómo, más que una cuestión de contenido, se trata de pura facha. Keanu Reeves es bastante conocido por su papel de Neo en Matrix, pero su figura revivió por su actuación en la última entrega de John Wick. Debido a su popularidad y carisma, Reeves comenzó a ser incluido en diversos proyectos que atraían la atención de los medios y el público: su actuación de voz en Toy Story 4, la adopción de su rostro para un personaje en el videojuego Cyberpunk 2077, su anunciado cameo en la nueva película de Bob Esponja. Nadie duda que el bato tenga talento, pero creo que es muy claro que su inclusión es porque internet es extraño y le volvió un fenómeno de internet, y con los medios adecuados, puedes traducir esa atención en dinero.

Hay ejemplos donde se aprovecha el tema de la diversidad, racial o sexual por decir algunos, para llegar a atrapar públicos siguiendo lineamientos políticamente correctos de inclusión: el caso de Anna Diop como Starfire en la serie Titans, el papel de Scarlett Johansson como Motoko Kusanagi en Ghost in the Shell, la controversia sobre Halle Bailey que encarnará a Ariel en La sirenita, o el elenco multiracial de Mary: Queen of Scots. De si esto es correcto o no, si el público recibe bien o mal este tipo de políticas que las empresas adoptan, ya es harina de otro costal. Por supuesto que hay una delgada línea entre un ejercicio genuino de abrir el espectro representativo y una triquiñuela sólo para jalar más gente, pero quiero pensar que es bastante evidente cuándo es artificial dicho ejercicio y cuándo no.

So… sip, Sulo tiene un punto, hay una clara y profunda brecha entre lo que es el cine y lo que debería ser. Sip, también el público tiene la culpa si se conforma con puros éxitos taquilleros que ya conoce y se los fuma una y otra vez con una manita de gato, pero la solución no es hacerle un boicot a Hollywood para revivir el cine independiente (muy difícil concretarlo y a esa banda seguramente ni le preocuparía). Preguntaba Sulo: “¿por qué pagaríamos por pensar cuando puedo pagar por pasar un momento maravilloso viendo a mi superhéroe favorito?”. Cierto, hasta suena raro tener que pagar por pensar, pero, si la entrada igual la voy a pagar, creo que no es bronca de la industria si yo pienso o no mientras disfruto la cinta (porque eso no le importa a la industria al final del día), es una cuestión personal, individual, del público. Si pagas tu entrada, y aunque sólo haya mierda en la cartelera, igual puedes pensar sobre la mierda a pesar de la mierda… ¿o no?

Cine comercial y de arte: el cristal con que se mira.

El cine no es precisamente barato, ni en su consumo ni en su producción. Sí, hoy es más accesible que en épocas pasadas (creo…), pero los costos para rodar un filme siguen siendo altos. Por lo tanto, hacer una película no es cualquier cosa, y por ello, tanto las productoras como los directores, deben tener bien claro el tono y la forma que quieren imprimirle a sus cintas. No implica ni requiere lo mismo hacer una película como Avengers: Endgame (Estados Unidos, 2019) que otra como Amour (Francia, 2012), independientemente de su género, su reparto o su trama; todo debe ser preciso, cada detalle cuidadosamente planeado, no son tres pesos los que se invierten con riesgo.

Bajo esa lógica, no hay cine comercial ni cine de arte que se haga por casualidad; si una película deriva en una cinta de culto o si trasciende a la fama, es algo aparte. Y es interesante pensar en los estereotipos que se han generado en torno a esos dos tipos de cine: el primero suele pensarse como mero entretenimiento que fácilmente entra por los ojos, producciones monstruosas que no tienen mucho qué decir, imágenes cuya única gloria es recaudar sólidas cantidades de dinero; el segundo es mucho más refinado, exquisito, al grado en que incluso digerir las imágenes o entender la trama debe ser difícil, donde todo tiene un significado y gira en torno a algo que provoca la reflexión que no es para todo el mundo y que tampoco quiere llegar a todo el mundo.

Sin embargo, no importa cuánta lana hayan invertido en todas las películas de Marvel ni cuántas cintas diferentes y extrañas pasen en la Cineteca Nacional si no hay nadie que las vea. En las artes como la literatura o la pintura es común escuchar que una obra artística no está completa si no puede ser apreciada por el público, y el cine no puede ser la excepción. Así como se categoriza que el cine comercial es entretenimiento barato, basura similar a la comida rápida, el cine de arte frecuentemente se vincula con ideas y mensajes profundos resultado de sesudas reflexiones; sin embargo, creo que no siempre sea así y tajantemente no puede serlo.

No todas las películas mainstream son malas ni todas las películas independientes son buenas, y claro, es determinante la idea que tienen productoras y directores al montar cualquier filme, pero el valor de una película, ese, lo define el público. El público, la gente en la sala, decide cuál es la importancia o no de la cinta que acaban de ver, decide qué de lo que acaba de ver puede significarle algo, o no. Supongo que, para la parte creativa de la industria, debe ser un hecho muy duro: no importa cuánto puedas esforzarte en días y días de rodaje, al final, una persona sentada en una butaca decidirá si el trabajo de muchas personas ha valido la pena o no, si le logra transmitir o comunicar algo; lo mismo que cuando un médico, después de horas de cirugía, ve impotente cómo el paciente da gracias a Dios de que todo haya salido bien.

El público tiene mucho poder en ese sentido, con su bolsillo puede llegar a fijar el rumbo de la industria: hacer que un género sea un éxito de taquillas, que una actriz o actor pruebe las mieles de la fama, o que el nombre de un director se ponga de moda. Sin embargo, ese poder no es algo que deba tomarse a la ligera; ya lo dijo el tío Ben: un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Ese mismo poder del público le hace responsable de cómo “ver” una película. La calidad de una película no está en cuántos millones se invirtieron en efectos especiales o en contratar el mejor reparto del mundo, su valor está en los ojos que la miran, que la interpretan, que se adueñan de ella. Sí, hay que exigir buenas producciones, pero también es responsabilidad del público hacer que una película sea interesante, pues, incluso de una super producción millonaria como Avengers: Endgame puede llegarse a la profundidad de Amour si se ven con los ojos indicados.

Joker: el valor de una opinión.

Por Daniel Serrano Robles.

Bueno, ya ha pasado la euforia por Joker… creo, y eso dejó ver un fenómeno bastante interesante: la opinión. Así es, aprovechando el estreno y el tono y contexto de la película, muchas personas se dieron a la tarea de emitir alguna opinión sobre algo vinculado a la película: salud mental, justicia social, marginación, etc.; desde compartir memes hasta un sesudo texto de cuán buena o chafa resultó ser, de si la película es un reflejo y posible consecuencia de nuestra realidad, y así sucesivamente.

No es excepcional hoy en día ya que, hasta porque la mosca vuela, alguien opina algo al respecto. Sin embargo, y limitado al mundo del cine, hubo una buena cantidad de chistoretes que cuestionaban el análisis y la opinión que, más o menos profunda, con mayor seriedad o no, la gente compartía. Los chistes se mofaban de quienes alabaron la cinta por su contenido controversial. La burla ironizaba la forma en que, desde un inventado estatus de “críticos de cine” o “intelectuales”, la gente le daba un valor agregado, un saber o una filosofía “profunda” al personaje llegando incluso a romantizar a una persona con un trastorno neurológico que derivó en un psicópata.

Y ese fenómeno me pareció interesante por evidenciar la pregunta: ¿hasta qué punto es válida una opinión? ¿Podemos opinar de lo que sea simplemente por el hecho de poder expresar una opinión, por tener acceso a Twitter y Facebook? ¿Cuán profunda, compleja y acertada puede ser nuestra opinión? ¿Depende de nuestro “conocimiento” de la materia? Evidentemente, si no entiendes un carajo sobre física y te quedas con videos revelación de YouTube, probablemente la NASA ni siquiera te tome en serio si le intentas vender una visión terraplanista. Sin embargo, en algo más subjetivo y menos dependiente como la apreciación de una película, la frontera es más difusa.

A la gente —y me incluyo—, se nos hace muy fácil adoptar términos y expresiones que, quizás, no usamos de la mejor manera: “La fotografía es muy buena”, “Me encantó la paleta de colores”, “El guion es sólido”, y demás… ¿Qué sabemos de fotografía para decir eso? ¿Conocemos por lo menos el círculo cromático y la armonía del color para decir por qué nos gusta la paleta? ¿Hemos leído un guion literario para saber mínimo si está bien escrito y ver después si tiene coherencia y justificación? Claro, no digo que ahora debamos meternos a estudiar cine para que nuestra opinión tenga cierto valor, pero tampoco es que vayamos hablando de física cuántica o de neurología, aunque no sepamos nada, sólo por qué sí, porque podemos y es el tema de moda, ¿verdad? Entonces, ¿por qué nos damos la licencia entonces con el cine?

Creo que de buenas a primeras podemos distinguir cuándo hay una opinión interesante a pesar de que esté formulada sobre una película hollywoodense y cuándo alguien está faroleando porque vio una película rara en la Cineteca Nacional a pesar de no haber entendido un carajo. Entonces, ¿con cuánta “capacidad” contamos para decir algo relevante al respecto? Creo que no es una cuestión de libertad de expresión, pues al final, cada quien puede decir lo que se le venga en gana, eso nadie lo puede evitar, y no debería evitarse; sin embargo, y entendiendo que el espíritu de la gente que fue ironizada como críticos o intelectuales respecto de sus opiniones sobre Joker —que por cierto ya había un antecedente con imágenes similares del mismo personaje de The Dark Knight de Christopher Nolan—, valdría la pena preguntarse antes de emitir una opinión: si quiero que tomen en serio mi opinión, si creo que tengo algo valioso qué decir, a lo mejor debería tomarme el mismo tiempo en “capacitarme”, tomar en serio mi propia opinión y no soltar lo primero que se me venga a la cabeza… porque si no salen unos momazos bien buenos.

La globalización en una pantalla.

Por Daniel Serrano Robles.

Hoy en día el mundo presume de la globalización y la internacionalización y la inclusión y demás cosas y situaciones que tengan que ver con una multiplicidad de nacionalidades. Perfecto, suena lógico cuando la Internet nos permite tener al alcance de nuestra mano información del otro lado del orbe. En el cine y las series también tenemos acceso a producciones que refieren a diferentes culturas: animes japoneses, doramas coreanos, películas europeas, telenovelas turcas. Bien, pero, ¿cuán sensible somos a lo “diferente”? ¿En verdad puede decirse que el entretenimiento audiovisual tiene ese carácter internacional si no consumimos producciones que están más allá de lo que vemos en Netflix?

Bien, se vale poner de ejemplo La vida de Pi o ¿Quiere ser millonario?, películas que por lo menos ponen a la India en el mapa, pero, ¿qué otras hay y cuáles hemos visto? En 2018, India fue el país con mayor producción de largometrajes, por encima de Estados Unidos y Francia, comunes referentes de la industria cinematográfica. ¿Por qué no sabemos siquiera de las casi 2 mil películas que se produjeron? Incluso hay una parodia de Hollywood en la India: Bollywood. ¿Habían escuchado ese nombre antes? ¿Qué dice nuestro consumo de nuestra supuesta “internacionalización”?

El lugar más común donde en general se consume algo “diferente” es el cine de arte, ya que en el suele haber producciones de otros países como Italia, España, Argentina, Reino Unido, Alemania, Brasil, etc. Y no es coincidencia, responde también a nuestra realidad económica: son los países con los que más intercambios comerciales y culturales tenemos. Por ello, no es común ver películas chinas, indias, nigerianas o egipcias, que son de las más industrias cinematográficas más fuertes en sus respectivas regiones, y tampoco es fácil tener acceso a ellas.

Digo, ahora el punto tampoco es atiborrarse de películas “raras”, supongo que por el momento estamos bien con todo el anime disponible y los que pueda encontrarse en Netflix. Creo que es interesante ver cómo pensamos en la era de la globalización, pero al final del día es algo a según. Los procesos son paso a pasito, y vaya que esto de los servicios de streaming han ampliado muuuuucho el espectro. Es como lo fue la televisión de paga hace algunos ayeres años. Y así va el caminito. Primero el arribo de Hollywood con sus películas, después la tele de paga, luego la Internet y ahora los servicios de streaming. Será interesante ver cómo el mundo, con culturas tan diversas, acorta las distancias entre sí y entrarán en contacto por medio de la tecnología, por medio de una pantalla.

«Porque soy mexicano».

Por Daniel Serrano Robles.

Hablar del cine mexicano es complicado. Personalmente, yo creo que es malo. Y no creo que sea malinchismo, pienso que objetivamente es malo en general. Al contrario, me gustaría que fuera bueno, y gracias al cielo hay películas que son la excepción que, por su calidad, se mantienen por sí mismas, merecen y se ganan ese respeto. La época del cine de oro es quizá una de esas excepciones, y es también de lo más representativo de México para el ojo internacional.

Películas como María Candelaria, La Perla, Los tres García, Nosotros los pobres, Doña Bárbara o Los olvidados. Actores y actrices: Pedro Infante, María Félix, Dolores del Río, Jorge Negrete, Pedro Armendáriz, “Cantinflas”, “Tin-Tán”, Sara García, Silvia Pinal. Directores como Emilio “El indio” Fernández o Luis Buñuel (español naturalizado mexicano cuyo ojo extranjero vio algo singular e importante de este surreal país al grado de plasmarlo en una cinta). Cualquier figura de las mencionadas probablemente sea un símbolo que encarna algo “mexicano”, son íconos y referentes fácilmente distinguibles. Pero, ¿por qué en México no hay referentes más actuales? Vamos, ¿por qué ya no hay figuras que representen así lo “mexicano”?, ¿qué representa hoy lo “mexicano” en y desde el cine?

Una respuesta facilona es las condiciones y la percepción de lo “mexicano” han cambiado. Digo, es lógico, ya ha pasado más de medio siglo desde el último suspiro del cine de oro. Sin embargo, ¿qué referentes del cine mexicano tenemos hoy en día? En los últimos años, México ha estado figurando en la escena internacional del cine. Nunca se dejó de hacer cine, pero el “bueno” era más under, de arte o no tan comercial como las producciones extranjeras: Como agua para chocolate, El crimen del padre Amaro, Amores Perros, Y tu mamá también mantenían cierto estándar de calidad, aunque de forma muy espaciada e irregular, y por supuesto, son trampolín y representación del trabajo de actores y directores.

El reconocimiento internacional sobre México ha vuelto con la tríada de directores multipremiados: Guillermo del Toro, Alfonso Cuarón, Alejandro González Iñárritu, así como el destacado desempeño de Emmanuel “Chivo” Lubezki en la fotografía, películas como Roma, La forma del agua, El laberinto del fauno, El lugar más pequeño, festivales como Morbido Film Fest, y los internacionales de Guadalajara y Morelia. Sin embargo, ¿qué y cuánto de lo que es México es palpable en esa representación? De nuevo, no es malinchismo, pero hay que ver la cosas críticamente: ¿por qué esa tríada de directores triunfó como triunfó desde el cine estadounidense y no desde acá?, ¿películas como La forma del agua, El renacido o Birdman son distinguiblemente “mexicanas”?

Es imposible mantener una idea conservadora e inamovible de lo que es México y las personas que lo habitamos cuando se está tan expuesto a la influencia internacional. Es inevitable que la idea de lo que caracteriza a México cambie, y pasará igual con los demás países respecto de México (ahí están los chicanos, los tacos, el aguacate y el tequila), y es interesante eso, ver cómo, a pesar de la inversión de Netflix, Roma nos dice algo de nuestra realidad con la controversial aparición de Yalitza Aparicio, algo muy concreto como la discriminación, el racismo y la brecha social. Es interesante observar cómo se ve a México desde afuera (con películas como Coco o, de nuevo, las películas de Buñuel), y cómo México ve al mundo de afuera (basta decir que La forma del agua es un ejemplo excepcional en cuanto a la discriminación y el racismo en tiempos de Trump y su muro).

Me gusta la maravillosa explicación que dio Guillermo del Toro cuando le preguntaron cómo es que pudo armonizar su visión de lo oscuro y el terror de la naturaleza humana siendo una persona tan alegre y amorosa: “porque soy mexicano”. Así es, porque es mexicano entiende el horror de ver el impacto de la pobreza, de los feminicidios diarios, de la violencia del narcotráfico, pero también la calidez de las relaciones humanas, de qué es ser “el otro”, del valor del folclor y lo fantástico y cuán importante es eso para la vida diaria. A lo mejor no todo el cine mexicano es malo, pero mientras se sigan haciendo refritos y adaptaciones de películas chafas de otros lados, no tendrá la industria del cine en nuestro país el orgullo de decir “porque soy mexicana”.

Studio Ghibli vs Dinsey: ¿es cuestión de calidad?

El otro día vi un meme que me llamó la atención. El chiste se reducía a decir que Disney hacía películas en serie, industrializadas; mientras que Studio Ghibli ponía todo el cariño y tiempo del mundo en hacer, casi de manera artesanal, una sola película en lo que Disney ya había hecho mil. Más allá de la risa —y que en parte es cierto—, lo que puede leerse entre líneas es que Studio Ghibli, a pesar de ser menos competitiva y productiva que Disney, entrega productos de mejor calidad por el cuidado y el empeño que pone en hacer películas.

Eso me hizo pensar en las diferencias que hay entre la industria japonesa y estadounidense en cuanto a la animación. ¿Será que hay mayor calidad en Japón que en Hollywood?

Es cierto, Disney – últimamente en mancuerna con los estudios Pixar-, acapara gran parte de la atención sobre la animación en el cine comercial; pero no son las únicas empresas que hacen películas animadas. También tenemos a los estudios DreamWorks, la 20th Century Fox y la Warner Brothers con propuestas interesantes como Shrek, Cómo entrenar a tu dragón o El gigante de hierro. Sin embargo, por alguna razón, se tiende a asociar a las películas animadas únicamente a temas y enfoques infantiles. Vaya, no está mal y seguro hay películas que se salen de esta línea, pero esa es una característica innegable de las producciones estadounidenses en cuanto a la animación.

Por su parte, en Japón, la animación tiene un enfoque totalmente diferente. Seguramente allá también tendrán su diferencia entre las películas comerciales y las de culto, pero también es muy característico de la animación japonesa su relación con las historietas o manga. Hasta donde tengo entendido, en Japón es muy común y difundida la lectura del manga, tanto así que es frecuente ver adaptaciones de esas historietas a películas o series animadas. Y creo que ese es el punto del por qué y el cómo se distinguen la animación estadounidense y la japonesa en cuanto a sus temas y el trato de los mismos.

Como en cualquier industria, hay distintos géneros que responden a diferentes públicos, y obviamente, el trato y tema varía dependiendo del mismo. El manga no es distinto de los comics o la literatura “occidental”.

Así como en Japón hay producciones infantiles como Doraemon, Dragon Ball, Sailor Moon, acá hay “comics” —o incluso de mayor categoría, novelas gráficas—, más serias como V de Vendetta, Sandman o Sin City. Entonces, si aquí igual se leen cosas diferentes a los cuentos de hadas, ¿por qué el género o el formato sigue pareciendo un estigma?

Últimamente está la tendencia de adaptar novelas e historietas a la pantalla grande: Harry Potter, Watchmen, Los miserables; sin embargo, muy pocas, o casi ninguna, se adapta en una película animada; es más, ya ni los clásicos de Disney se están refriendo en algo similar a los dibujos animados, todo es live action. Cada industria tiene su origen, sus condiciones y su trayectoria. Pero, el hecho de que en general la animación parezca valorada como algo “infantil”, quizás no sea una cuestión de calidad, sino de apreciación.

Sí, Studio Ghibli tarda más en hacer una película de lo que se tarda Disney, pero a lo mejor la apreciación de que sus animaciones —y en parte el hábito de la lectura— «valen» más quizás sea por lo mismo, porque ven a la animación no como algo infantil, pues, al final del día, la animación no es un género en cuanto a su contenido, es una técnica que se usa para decir algo. Puede parecer tonto, pero ya me gustaría ver que alguien del cine estadounidense se aventara el paquete de decir algo serio con animaciones, como La tumba de las luciérnagas o Akira, sin que le descalifiquen por el hecho de ser una animación. Será polémico y tendrá muchos matices, pero el día en que sea común ver animaciones nominadas a una Palma de oro o al Óscar a mejor película, a lo mejor la animación se verá con otros ojos.

El buitre: un villano digno de recordar.

Por Daniel Serrano Robles.

El hombre araña no es mi superhéroe favorito, y aunque tengo pocos recuerdos, me queda más que claro que es, quizás, el superhéroe que tiene más enemigos: Venom, El duende verde o El Dr. Octopus son de los que más me acuerdo. En esa nómina de villanos se encuentra uno al que nunca le presté atención realmente y que incluso su apariencia me parecía ridícula: El buitre. Por azares del destino, nunca lo vi en un comic o en una serie, no tenía idea de cómo era su personalidad ni su carácter, sólo tenía en mi cabeza la imagen de un pelón en un horrendo y emplumado traje verde, y esa no es la idea que uno suele tener de los “malos del cuento”.

Quizás ese vacío del personaje fue lo mejor cuando vi Spiderman: homecoming. Cuando supe que El buitre sería el antagonista de la película, no tenía muchas expectativas de un tipo que se disfraza de pájaro, que vuela y roba bancos… y me alegra mucho que la película haya cambiado mi opinión sobre él. Sin embargo, y debo decirlo, no cambió mi opinión en general sobre el personaje per se: sigue siendo un ladrón emplumado; lo que cambió fue mi percepción de cómo un pelón emplumado puede ser alguien a quien temer, y eso es más interesante.

Obvio hay muchos factores que influyen para lograr transmitir esa impresión, pero yo rescato mucho la fotografía y el guion. Me quedo con dos imágenes de El buitre en toda la película. La primera, cuando se cuela en el avión que lleva la mudanza de Tony Stark. ¡Pff! Me parece increíble el manejo de colores y el enfoque que hacen de Michael Keaton. Verlo entrar sigiloso, pero triunfante y sin que nadie lo note con el fluorescente resplandor verde de su equipo de visión nocturna que anuncia su mirada llena de codicia. Sólo son un par de segundos, y seguro no es la mejor escena, pero esa imagen en mi cabeza me parece brutal para alguien que hacía menos de una hora no tenía ningún respeto por él.

La segunda. Durante toda la película, Peter no sabe cómo acercarse a la chica que le gusta, hasta que, por chismoso, se da cuenta de que puede usar a su álter ego para ello. Una vez que ha comenzado a acercarse, Peter la invita a uno de esos bailes americanos y ella acepta. Entre esos dos momentos, siendo El hombre araña, ha estado persiguiendo a El Buitre y, aunque no sabe cuál es su identidad, le ha visto la cara, y sabe que no es un terroncito de azúcar. Finalmente, se acerca a la puerta de la casa de la chica, y todo emocionado, toca el timbre. Se abre la puerta y aparece El buitre; joder, hasta yo sentí que se me caían los calzones. Recuerdos pocos momentos que me hicieran sentir así, y ese fue épico.

No es el villano más terrible y espectacular que se ha visto en la pantalla grande, y, como dije, aunque mi opinión del personaje no ha cambiado en general, me agradó mucho que, con tan poco, hicieran que un personaje fuera temible. Sucede algo similar con el Darth Vader de Rogue One: la imagen del lord sith como un villano se hecho banal hasta ser un clásico de memes y sátiras, pero en esa cinta un par de apariciones fueron suficientes para instaurar de nuevo la terrible figura negra, alta e imponente de ese villano sin piedad. Creo que ese tipo de villanos son mejores y más interesantes que los típicos locos que por una razón X quieren dominar el mundo. Con los villanos nunca se ha tratado de dominio, se ha tratado de miedo y respeto.

Una buena ambientación.

Por Daniel Serrano Robles.

El cofre del hombre muerto o Dead man’s chest es mi película favorita de Piratas del caribe, tiene cierto “ambiente” que me parece singularmente peculiar. Este ambiente oscila entre la trama y la escenografía: no es algo propio de los personajes o del desarrollo de la acción, tampoco es propio del vestuario, la música, la fotografía o los efectos especiales. Es como el carisma de un comediante o ese algo que tiene la mirada que te echa tu madre cuando haces algo mal: no sabes precisamente qué es, pero sabes que está ahí, su presencia o su ausencia puede cambiar radicalmente la percepción de la situación.

El “tono» de El cofre del hombre muerto es oscuro y trágico: los protagonistas sufren derrotas y hasta mueren, la paleta de colores es generalmente fría —o por lo menos la de los momentos más emblemáticos—, la música suele ser melancólica y sombría, el vestuario, los edificios y los barcos hacen ver que todo es decadente. Y a pesar de eso, es una película llena de vitalidad, en todo momento hay tensiones: Elizabeth tiene dudas emocionales, Will debe lidiar con que su padre es un pirata maldito, Jack se debate entre salvar su pellejo o ayudar a sus amigos, Davy Jones debe reprimir su frágil humanidad para seguir siendo el temible capitán del fantasmagórico “Holandés Errante”.

Esa combinación del tono y las tensiones es la que logra darle el ambiente trágico que la caracteriza y le diferencia de las demás películas de la franquicia. Esa combinación es la que hace que los detalles estén cargados de significado: la profunda tristeza de ver la furia, el odio, el poder de cada nota que toca Davy Jones en su enorme órgano a solar son su decepción de un corazón roto hace mucho; los años que se apuestan y comprometen la libertad de Will en una azarosa partida de dados por querer vivir en paz con su amada, mientras su padre se sacrifica y se entrega a una eternidad de servicio para protegerlo; Jack, acorralado por el Kraken, le planta cara al monstruo y debe enfrentar al fin las consecuencias de su hedonismo de la manera más digna posible.

Ejemplo de la importancia de este “ambiente” son las películas de terror y las comedias. Desde mi punto de vista, la película El niño tenía una atmósfera que por mucho tiempo me mantuvo al filo de la butaca, como se dice… ya que el final de la trama resultara muy chafa es otro asunto, pero su buena ambientación fue lo que me agradó de la película hasta entonces. Otro gran ejemplo es El rey león 3: literalmente, toda la película es un chiste, y a pesar del buen manejo de romper la cuarta pared, si sus productores no hubieran tenido claro el ambiente en el que se iba a mover la película no sería una película tan genial.

El título en inglés dice mucho: Dead man’s chest. La traducción es importante. Literalmente, se traduce como “El cofre del hombre muerto”; sin embargo, chest en inglés también puede ser “pecho”, el pecho de un hombre muerto, una excelente referencia a Davy Jones: una película sobre un hombre muerto que tiene el pecho vacío, que se ha sacado el corazón por una mujer. En cualquier sentido, una tragedia. Hay que tener claro qué se quiere hacer en las películas, y cuando se tiene claro eso, darle un buen ambiente es la culminación de un gran trabajo.

«Cómo entrenar a tu dragón»: un buen desarrollo de personajes.

Por Daniel Serrano Robles.

Me gusta la saga Cómo entrenar a tu dragón porque, a pesar de ser películas infantiles, me transmiten la sensación de que sus personajes maduran y se desarrollan… bueno, por lo menos los principales. Siempre es interesante ver cómo crecen: nos dejan ver más su personalidad y su complejidad, qué piensan y por qué piensan así, cómo se enfrentan y reaccionan a los problemas y a los dilemas, qué aprenden de todo eso y las cicatrices que se hacen en el camino.

Como creadores, no ha de ser fácil lograr ese desarrollo en unos cuantos minutos y que la audiencia “conecte”, que sienta empatía por un personaje. Siempre se agradece que se tomen el tiempo y le den la importancia necesaria como para que su historia signifique algo para alguien. Y eso es lo que me gusta de Cómo entrenar a tu dragón, que respetan a sus personajes y les tratan de una manera seria.

Cualquier película cuyo tono sea infantil tiene personajes memorables. El rey león, Kung Fu Panda, Madagascar, Toy Story los tienen, pero el caso de Cómo entrenar a tu dragón destaca de entre ellas. Claro, puede ser una cuestión de gustos, pero pienso que el desarrollo que tienen Hipo, Astrid, Chimuelo o Estoico es bastante realista, y eso es lo que me llama la atención, no por ser una película infantil dejan de tratar temas como la muerte, los prejuicios o la pérdida, no los evaden. Seguro hay películas mejores, pero, para los estándares del cine comercial, me parece un caso loable. Y eso es lo que me gustaría que otras películas, en términos generales, intentaran más. Que no sean escenas aisladas donde la construcción de la trama o el tema de la película lleve a un sentimentalismo barato.

Por ejemplo, la muerte de Mufasa en El rey león es emotiva, nadie lo duda, pero, si analizamos la película, Simba nunca lidia realmente con la muerte de su padre, parece no importar, le puede más su soledad y su miedo a asumir responsabilidades que tarde o temprano llegan antes que quedarse y encarar el problema. De igual manera, en Avengers: Infinity War, nos llega tanto la muerte de Peter Parker porque él y Tony Stark entablaron una relación casi de padre e hijo, no por una épica lucha con un trágico final; técnicamente, su muerte es resultado del fracaso de los héroes contra el inevitable Thanos por no tomárselo en serio.

En cambio, Hipo y compañía afrontan los problemas de otra manera porque tienen otra dimensión. Digo, sé que son vikingos y podría ser una versión ligera de Game of Thrones, pero eso no le quita mérito. Hipo se las ha visto negras: su mejor amigo mató a su papá, aún era pequeño cuando perdió una de sus piernas, varias veces ha tenido que echarse la aldea en los hombros para que su pueblo salga adelante, debe elegir entre la felicidad de su amigo o retenerlo como mascota. Y es entonces cuando sale su carácter, vemos cómo madura, toma conciencia y decisiones, y claro, llora porque la vida es dura, pero no se lamenta, así es esto, sigue adelante. Eso, creo, es un buen desarrollo de personajes.