Antes de que mi entrada anterior fuera publicada, mi buen amigo Sulo Jardínes leyó el borrador (porque, aunque no lo parezca, en Central Cinema nos preocupamos por los controles de calidad 😉 … o eso intentamos). Me comentó que había cierto guiño guiño al texto que él había escrito previamente, donde nuestros puntos de vista podrían no coincidir del todo. Así que, por cortesía y profesionalismo, me fui a releer su texto. Y tiene razón, nuestros enfoques son distintos; sin embargo, curiosamente no son mutuamente excluyentes.
Cierto, la industria del cine tiene que preocuparse por llenar sus carteras para pagar la nómina, y como dijo Sulo, se valen de varias herramientas como estudios de mercado o un poderoso aparato de publicidad para explotar el sentimentalismo del público. Totalmente de acuerdo. Los grandes estudios le comen el mandado al cine independiente y el “arte” de éste cede terreno poco a poco. Es una época singular; por ejemplo: DC comics suele abanderarse con orgullo de movimientos sociales y temas delicados como el género, la salud mental o el racismo, pero al mismo tiempo censuran su propia creatividad para hacerle la barba al gobierno chino y poder acceder a su potente mercado. Acá no hay ideologías, sólo estrategias de marketing. Nada personal, sólo negocios.
Algunos ejemplos de cómo, más que una cuestión de contenido, se trata de pura facha. Keanu Reeves es bastante conocido por su papel de Neo en Matrix, pero su figura revivió por su actuación en la última entrega de John Wick. Debido a su popularidad y carisma, Reeves comenzó a ser incluido en diversos proyectos que atraían la atención de los medios y el público: su actuación de voz en Toy Story 4, la adopción de su rostro para un personaje en el videojuego Cyberpunk 2077, su anunciado cameo en la nueva película de Bob Esponja. Nadie duda que el bato tenga talento, pero creo que es muy claro que su inclusión es porque internet es extraño y le volvió un fenómeno de internet, y con los medios adecuados, puedes traducir esa atención en dinero.
Hay ejemplos donde se aprovecha el tema de la diversidad, racial o sexual por decir algunos, para llegar a atrapar públicos siguiendo lineamientos políticamente correctos de inclusión: el caso de Anna Diop como Starfire en la serie Titans, el papel de Scarlett Johansson como Motoko Kusanagi en Ghost in the Shell, la controversia sobre Halle Bailey que encarnará a Ariel en La sirenita, o el elenco multiracial de Mary: Queen of Scots. De si esto es correcto o no, si el público recibe bien o mal este tipo de políticas que las empresas adoptan, ya es harina de otro costal. Por supuesto que hay una delgada línea entre un ejercicio genuino de abrir el espectro representativo y una triquiñuela sólo para jalar más gente, pero quiero pensar que es bastante evidente cuándo es artificial dicho ejercicio y cuándo no.
So… sip, Sulo tiene un punto, hay una clara y profunda brecha entre lo que es el cine y lo que debería ser. Sip, también el público tiene la culpa si se conforma con puros éxitos taquilleros que ya conoce y se los fuma una y otra vez con una manita de gato, pero la solución no es hacerle un boicot a Hollywood para revivir el cine independiente (muy difícil concretarlo y a esa banda seguramente ni le preocuparía). Preguntaba Sulo: “¿por qué pagaríamos por pensar cuando puedo pagar por pasar un momento maravilloso viendo a mi superhéroe favorito?”. Cierto, hasta suena raro tener que pagar por pensar, pero, si la entrada igual la voy a pagar, creo que no es bronca de la industria si yo pienso o no mientras disfruto la cinta (porque eso no le importa a la industria al final del día), es una cuestión personal, individual, del público. Si pagas tu entrada, y aunque sólo haya mierda en la cartelera, igual puedes pensar sobre la mierda a pesar de la mierda… ¿o no?









