El cine no es precisamente barato, ni en su consumo ni en su producción. Sí, hoy es más accesible que en épocas pasadas (creo…), pero los costos para rodar un filme siguen siendo altos. Por lo tanto, hacer una película no es cualquier cosa, y por ello, tanto las productoras como los directores, deben tener bien claro el tono y la forma que quieren imprimirle a sus cintas. No implica ni requiere lo mismo hacer una película como Avengers: Endgame (Estados Unidos, 2019) que otra como Amour (Francia, 2012), independientemente de su género, su reparto o su trama; todo debe ser preciso, cada detalle cuidadosamente planeado, no son tres pesos los que se invierten con riesgo.
Bajo esa lógica, no hay cine comercial ni cine de arte que se haga por casualidad; si una película deriva en una cinta de culto o si trasciende a la fama, es algo aparte. Y es interesante pensar en los estereotipos que se han generado en torno a esos dos tipos de cine: el primero suele pensarse como mero entretenimiento que fácilmente entra por los ojos, producciones monstruosas que no tienen mucho qué decir, imágenes cuya única gloria es recaudar sólidas cantidades de dinero; el segundo es mucho más refinado, exquisito, al grado en que incluso digerir las imágenes o entender la trama debe ser difícil, donde todo tiene un significado y gira en torno a algo que provoca la reflexión que no es para todo el mundo y que tampoco quiere llegar a todo el mundo.
Sin embargo, no importa cuánta lana hayan invertido en todas las películas de Marvel ni cuántas cintas diferentes y extrañas pasen en la Cineteca Nacional si no hay nadie que las vea. En las artes como la literatura o la pintura es común escuchar que una obra artística no está completa si no puede ser apreciada por el público, y el cine no puede ser la excepción. Así como se categoriza que el cine comercial es entretenimiento barato, basura similar a la comida rápida, el cine de arte frecuentemente se vincula con ideas y mensajes profundos resultado de sesudas reflexiones; sin embargo, creo que no siempre sea así y tajantemente no puede serlo.
No todas las películas mainstream son malas ni todas las películas independientes son buenas, y claro, es determinante la idea que tienen productoras y directores al montar cualquier filme, pero el valor de una película, ese, lo define el público. El público, la gente en la sala, decide cuál es la importancia o no de la cinta que acaban de ver, decide qué de lo que acaba de ver puede significarle algo, o no. Supongo que, para la parte creativa de la industria, debe ser un hecho muy duro: no importa cuánto puedas esforzarte en días y días de rodaje, al final, una persona sentada en una butaca decidirá si el trabajo de muchas personas ha valido la pena o no, si le logra transmitir o comunicar algo; lo mismo que cuando un médico, después de horas de cirugía, ve impotente cómo el paciente da gracias a Dios de que todo haya salido bien.
El público tiene mucho poder en ese sentido, con su bolsillo puede llegar a fijar el rumbo de la industria: hacer que un género sea un éxito de taquillas, que una actriz o actor pruebe las mieles de la fama, o que el nombre de un director se ponga de moda. Sin embargo, ese poder no es algo que deba tomarse a la ligera; ya lo dijo el tío Ben: un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Ese mismo poder del público le hace responsable de cómo “ver” una película. La calidad de una película no está en cuántos millones se invirtieron en efectos especiales o en contratar el mejor reparto del mundo, su valor está en los ojos que la miran, que la interpretan, que se adueñan de ella. Sí, hay que exigir buenas producciones, pero también es responsabilidad del público hacer que una película sea interesante, pues, incluso de una super producción millonaria como Avengers: Endgame puede llegarse a la profundidad de Amour si se ven con los ojos indicados.




