Por Daniel Serrano
El cine de superhéroes se ha vuelto algo normal en muchos sentidos… y eso me incomoda. Los superhéroes no nacieron en el cine, salieron de los cómics, sería ingenuo omitir el dato. Antes, hablar de comics era algo extraño: un ambivalente estigma y motivo de identificación. Hoy es algo más común, más aceptable porque los superhéroes pasaron de un nebuloso mundo —geek, friki, otaku, nerd, gamer— al mainstrem, a la cultura popular, a lo normal. Mi paso por los cómics fue bastante efímero; sin embargo, recuerdo con cariño y emoción las tramas y los diferentes personajes de cada historieta.
Lo que me gustaba de los superhéroes cuando empecé a leer comics era el tono épico de sus tramas: sus habilidades y capacidades, el riesgo que debían enfrentar; vamos, el mundo podía irse al carajo y sumirse en la destrucción si no ponían empeño suficiente. Y ese carácter épico se reflejaba en cada línea de diálogo, cada imagen, cada página era una maldita angustia por saber qué iba a pasar después. Todo era especial porque tenía la sensación de que había algo importante dentro de esas páginas. Y por eso es que me preocupa que el cine de superhéroes se esté convirtiendo en algo normaloide.
Me da la sensación de que esa importancia se ha diluido en las películas. Quizás es un visión nostálgica y paranoica, pero al ver que tantas películas repiten la misma fórmula generan la ilusión de que la repetición banaliza su mensaje. No lo sé, empiezas a ver tantos efectos especiales, técnicamente buenos y cada vez mejores, pero es tanto de lo mismo que ya lo ves con cara de “meeeh”.
Todo género que ha probado el éxito se satura, y, periódicamente, se reinventa. Le ha pasado al cine de acción, al de terror, al de la ciencia ficción y al de la fantasía. Probablemente la vaya a pasar lo mismo al de los superhéroes; vamos, no es la muerte del género. Hace algunas semanas, el afamado cineasta y guionista Quentin Tarantino criticaba la excesiva producción de este género y, aún más importante, su falta de originalidad por la tendencia a hacer adaptaciones o remakes. Y tiene razón. Lo atractivo es lo visual, del resto ni hablar: los personajes son cada vez más “humanos”, no un modelo a seguir; su apariencia ya no es estrafalaria, incluso va a la moda; los villanos ya no son una amenaza y enfrentarlos no parece riesgoso, ahora son terroristas que se enfrascan en juegos de policías y ladrones; los daños ya son colaterales, nada importa demasiado.
Quizás es un reflejo natural de lo que vivimos y de lo somos, y eso es lo que me incomoda, me preocupa el costo de que lo especial se vuelva normal, para bien, pero, sobre todo, para mal.